El
suicida más que un cobarde debería considerarse una persona inteligente,
valiente, libre y que sabe lo que quiere, pues el quitarse la vida no sólo
requiere aprender cómo hacerle el nudo a la cuerda que se va amarrar al cuello.
Antes
que nada ha pensado mucho la situación; no sólo es un simple acto impulsivo. Se
considera la opción de seguir viviendo y se compara la situación actual con la
muerte.
No
se nace con un manual que nos diga cómo vivir, aunque a partir de los consejos
y la experiencia de los mayores sabemos cómo reaccionar ante ciertas
situaciones; tenemos la teoría mas no la práctica. Sin embargo nadie ha vuelto
del óbito para avisar cómo es o qué hizo para sobrellevarlo. El suicida es
valiente pues ha superado el temor a lo desconocido. Nadie sabe qué pasa
después de morir y sin embargo éste se despide tranquilo de la vida como si
nada pasara a pesar de que la iglesia le promete el infierno considerándolo un
terrible pecador y la sociedad se avergüenza y lo vuelve tabú.
Con
el tiempo hemos desarrollado la capacidad de tomar decisiones propias, pues
nuestra vida nos pertenece sólo a nosotros. El individuo que se quita la vida
es fiel a su pensamiento, pues él mismo ha decidido que si su existencia no le
es satisfactoria, lo mejor es morir y no esperar años y años por la muerte
mientras se siente miserable y vacío.
Suicidarse
no es para tontos ni para cobardes; en la historia grandes personajes como
Horacio Quiroga, Ernest Hemingway, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik, Vincent
Van Gogh, etc. han tomado sus vidas y no por eso lo que hicieron es menos
valioso. Es irónico que durante nuestra vida nos inculquen a tomar la
iniciativa en todo lo que hacemos y sin embargo cuando se trata de la muerte,
no las retiran abruptamente.
Elegir cuándo y cómo morir debería ser
admirado, respetado y apoyado por la sociedad, pues a fin de cuentas todos terminaremos
igual.